Los malditos

La noche es un naufragio.

El cartujo escucha llanto y crujir de dientes, y se mete debajo de las sábanas.

Está aterrorizado con los vuelcos de la vida, con las maromas del destino. No concibe tanta desdicha como la alojada en las páginas de Los malditos (Universidad Diego Portales, 2011), un libro sobre las calamidades del genio, sobre la condena de ser distinto.

Los malditos son 17 escritores de Latinoamérica —aunque uno de ellos haya nacido en Estados Unidos y otro en Polonia— con el denominador común del infortunio.

Sus historias son contadas por igual número de autores convocados por la periodista y editora Leila Guerreiro. Cada uno de ellos escarba tan profundo como puede para sacar de su tumba al personaje encomendado y mostrar sus breves vuelos y frecuentes caídas, su voluntad de fracaso o su emperrada mala suerte.

En este inventario de desgracias, el argentino Alan Pauls sigue las huellas de su paisano Jorge Baron Biza, hijo de una familia aristocrática venida a menos.

Asmático, borracho, no encuentra nunca su lugar; trabaja como free lance en periódicos y revistas por una paga miserable y colecciona —dice Pauls— “puestos de segunda línea”. Escribe la novela El desierto y su semilla, rechazada por todas las editoriales y publicada por él mismo en 1998 con buena recepción de la crítica.

El éxito lo sorprende y agobia. Está solo y sus escasos ingresos disminuyen cada vez más por la crisis económica del periódico donde colabora. La madrugada del nueve de septiembre de 2001 decide terminar con todo y se arroja del balcón de su departamento, ubicado en el piso 12 de un edificio en la ciudad de Córdoba.

Como esta historia son todas las demás; son retratos, perfiles trabajados hasta el mínimo detalle. Así lo hace Alejandra Costamagna con la chilena Teresa Wilms Montt, hermosa e independiente, nacida en el tiempo equivocado, cuando la docilidad era la más apreciada cualidad de una mujer.

Ella se rebela. Lee, escribe, se casa sin el consentimiento de su familia, tiene dos hijas, es infiel, es recluida en un convento por su mediocre marido, huye a la Argentina, tiene amantes, publica libros, viaja a Europa. Nunca deja de pensar en sus hijas; en París se reencuentra con ellas, las vuelve a perder y en diciembre de 1921 se suicida.

Joaquín Edwards Bello, Gustavo Escanlar, Bernardo Arias Trujillo, Rafael José Muñoz, Rodrigo Lira, Martín Adán, Jaime Sáenz, Pablo Palacio, Ignacio Anzoátegui, Porfirio Barba Jacob, César Moro, Alejandra Pizarnik, Jorge Cuesta, el estadunidense radicado en Cuba Calvert Casey y el polaco-brasileño Samuel Rawer completan el elenco de este libro fascinante.

A todos ellos, afirma Leila Guerreiro en el prólogo, “Los une, a veces, esa materia que se llama olvido, esa cosa esquiva que se llama genio, y una forma, muy humana, del desasosiego, de la insatisfacción y de la rabia”.

Queridos cinco lectores, con una imagen de plenitud femenina, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.