Como adolescentes recién estrenados les dio pudor de un día para otro. Después de pasarse años bailándole al jeque en funciones, cumpliendo hasta con las peticiones más aventuradas por parte de los decididotes, los líderes y las lideresas sindicales se pusieron rojos de vergüenza cuando llegaron a pedirles que enseñaran un poco las piernas. Así de descuidadas las han de tener.
No precisa ser uno mentalista para entretener la noción de que Elba Esther Gordillo no se muestra reticente a levantarse la falda por el hecho de ser una mujer casta, pulcra, o lo que algunos definirían como “de bien”, sino porque su oposición enfática y tajante en contra de la transparencia sindical responde al hecho de que carga trusas retacadas de billetes.
Antes de que me brinque el mundo, y me acusen de misógino, me esclarezco al decir que mi analogía solamente emite opiniones referentes a la pureza monetaria y transaccional de la dama Gordillo, ya que (gracias a Dios) no tengo elementos para emitir juicios con respecto a la frecuencia, costumbre, variedad y calidad de sus actividades carnales. En ese tenor, agrego que también entiendo como probable el hecho de que Martín Esparza se llene la sección frontal del calzón de billetes y monedas por las mañanas, por aquello de que hay que ser percibido como vigoroso y esteta por parte de los agremiados.
Traigo a colación a estos dos personajes por su alta notoriedad actual, pero como ellos hay un catálogo entero de dirigentes gremiales de todos tamaños que tiemblan de frío con tan sólo pensar en la mano ciudadana que hoy amenaza con dejarlos en cueros. Yo, por mi parte, quiero ver sangre.
El problema aquí es que, por desgracia, nuestros queridos liderzotes aún caminan más tapados que una mujer casada en Abu Dhabi, y ante tanto sigilo no nos queda más que imaginarnos lo peor. No quiero estirar más la analogía, pero resumiéndome reflexiono que, el que no tiene las partes en orden, hará maromas con tal de que no se las vean.
No estoy seguro de cómo debo futurear con este tema. A primera instancia se antojaría lógico asumir que el PRI –siendo dueño de las fracciones mayoritarias y teniendo una relación tan calurosa con los sindicatos más renombrados– hará hasta lo imposible por impedir que la reforma laboral propuesta atraviese la meta con las cláusulas de transparencia que exigen el PAN y el PRD. Pero si consideramos cuán importante es para el tricolor reconciliarse con todos los mexicanos que aún fumamos de la pipa escéptica cuando escuchamos que sus viejas prácticas y prioridades han quedado en el pasado, pues hacer una predicción se vuelve mucho menos simple.
Los del rojo se encuentran en una encrucijada complicadísima; una bifurcación que les costará, independientemente de la decisión que tomen. Si el PRI continúa oponiéndose a la transparencia en los sindicatos públicos, amparándose en la “inviolabilidad de la constitución”, se congraciará con ellos, pero nos enajenará a los que pensamos que su naturaleza corporativista es uno de sus peores pecados. Si, por el contrario, optan por reventar aquellos intocables candados sindicales del siglo XX, habremos algunos que les reconoceremos el esfuerzo, pero terminarán quemando precisamente los puentes que permitieron que se reconstruyeran como partido.
No sé qué pensar, sólo tengo la certeza de que los priistas no la tienen fácil. El México del 2012 es un lugar mucho más caliente que aquella nación que en el 94 se les escapó de las manos, ya verán como, en menos tiempo de lo previsto, los encubiertos en este país comenzarán a sudar la gota gorda.
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