Divulgadores
Pasé tres días en Tlaxcala y fuera del hotel de las sesiones de trabajo no conocí más que un puñado de cafés, un par de restaurantes, una pulquería y la estatua de una gallina.
Pero miento ingratamente: conocí a un grupo heterogéneo y variopinto de personas, a muchas de los cuales sólo conocía por referencia, por teléfono o que de plano me eran desconocidos. Son los divulgadores.
Su misión en la Tierra, y cada quien la entiende a su modo, es tender puentes entre la cúpula intelectual de los científicos y el resto de los mortales. ¿Por qué? Nadie ha logrado averiguarlo a ciencia cierta (perdón por el juego de palabras), pero está claro que casi en ningún caso es por la gloria, la fama o, ¡no lo permita san Charles Darwin!, la fortuna.
Dos razones lo miden. Si en México los periodistas son en general una casta más bien maltratada salarialmente, los periodistas de ciencia están entre los más maltratados. Dos, los periodistas de ciencia a quienes vi en Tlaxcala tomando café (el combustible de su preferencia), mezcal, tequila o cerveza, son miembros de la Somedicyt, acrónimo de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica, y en esta entidad hay sólo dos personas con sueldo: todos los demás trabajan, y trabajan duro, porque los mueve algún demonio interno, pues no cobran un cinco.
Pero así y todo, están por cumplir creo 26 años de afanarse por cumplir una misión casi de Sísifo. Y en las sesiones había por lo menos tres miembros fundadores, auténticos veteranos de la divulgación. Quizás hoy se muevan más lento que algunas de las chicas jóvenes que se ven llenas de energía, pero discuten igual, y son un auténtico costal de anécdotas, chismes y tips que lo dejan a uno apantallado.
Fueron tres días intensos, pues después del desayuno, las sesiones de trabajo comenzaban a las 9:30 y se extendían hasta las 20:00, aunque lo común fue continuar las discusiones en el café o la pulquería, entre gritos y chismes, con un poco de karaoke y hasta un rato de baile. Casi sin sentirlo, salieron de aquellos cerebros hiperactivos una idea tras otra, y se fueron acomodando en documentos que pronto hallarán su destino en planes de trabajo, proyectos y acciones que buscarán enriquecer la perspectiva vital de los mexicanos, nada menos.
Tengo que decirlo, pese a mi escepticismo, de alguna forma medio me enamoré de esta turbamulta irrespetuosa y alegre, animosa y articulada, fogosa pese a los tropezones y llena de un fuego interior que se contagia con facilidad. Ahora soy parte de esta familia, y ya siento que me invade la locura, tanto que hasta creo en la promesa de Peña Nieto de cerrar su sexenio con la soñada inversión de uno por ciento del PIB en ciencia y tecnología. Y ahora permítanme, que voy por mi café.