Condenado a muerte

Mientras la hoguera crece alrededor de Alfredo Bryce Echenique, el cartujo desvía la mirada y vuelve al prudente silencio.

No quiere distracciones cuando se encuentra encarrerado en la lectura de un relato sobre el sinsentido de la intolerancia, del fanatismo capaz de arrojar a un hombre —o a millones— al infierno del sufrimiento y el miedo.

No, no se trata de la vida de alguno de los próceres del periodismo mexicano, tan proclives a desgarrarse las vestiduras desde exilios tan breves como dorados,
a usufructuar antiguos episodios no exentos de dramatismo para autoerigirse héroes de la libertad de expresión y la democracia, sin dejar por ello de enseñar a la menor oportunidad el cobre del egocentrismo y la arrogancia, y muchas veces —vaya paradoja— de la insensibilidad.

Se trata de Joseph Anton, la autobiografía de Salman Rushdie, una lección de coraje y dignidad. Escrita en tercera persona, muestra el escabroso camino de un narrador condenado a muerte por la publicación de un libro presuntamente blasfemo: Los versos satánicos. (El título recuerda el nombre adoptado por Rushdie, a petición de la policía británica, para despistar a sus posibles verdugos; en él reúne e invoca a sus escritores favoritos: Joseph Conrad y Anton Chéjov).

La maldición lo alcanzó el 14 de febrero de 1989, “un martes soleado en Londres”. Pero los versos satánicos se le habían revelado 22 años antes, cuando en Cambridge fue el único estudiante en cursar una nueva materia sobre Mahoma y el surgimiento del Islam.

Después de él nadie volvería a interesarse en ella y fue eliminada del programa de estudios. Era “irreligioso, pero sentía fascinación por los dioses y los profetas”, dice Rushdie. Ese fue el germen de su novela, el conocimiento profundo de la historia de una de las grandes religiones del mundo.

Nacido en Bombay en 1947, llegó a Londres a la edad de 13 años para estudiar en Rugby School; ahí supo de la discriminación y la soledad. Era un extraño, “un moreno” en un mundo blanco y hostil. Pero Cambridge le reveló otros horizontes, se graduó en Historia y definió su vocación.

La publicación de Hijos de la medianoche, su segunda novela, le abrió las puertas de la fama. Todo parecía ir bien en su carrera, en su vida privada su matrimonio naufragaba en la incomprensión y el tedio, cuando le llegó la infausta noticia en voz de una reportera de la BBC: “¿Qué siente uno al saber que el ayatolá Jomeini lo ha condenado a muerte?”, le dijo por teléfono. Sorprendido, apenas pudo responder: “No se siente uno bien”.

El día soleado se oscureció de pronto. El éxito de Los versos satánicos, ganadora del premio Booker 1981, se volvía contra él por voluntad de un viejo agonizante.

Su vida cambió, pero Rushdie no renunció a su libertad como creador ni dejó de tener amigos ni de encontrar nuevos amores, ni de mirar a las mujeres hermosas —como la Emily Scott de esta homilía—. Esas son las lecciones de estas memorias de Joseph Anton.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.