Felizmente grandes (arte, sensibilidad, vida)

Tuve una conversación impactante el lunes, de las que se quedan colgadas. No era mi intención tenerla -los lunes no tienden a ser días para elaborar tanto las cosas- pero para cuando entré en razón no había escapatoria.

Comento que los lunes no son muy compatibles con las discusiones intensas porque –en mi caso- los primeros días de la semana sirven más para abandonar la dispersión propia de los fines de semana que para cualquier otra cosa. Los lunes quiero libro y quiero cama, si acaso un vaso de agua, y unas pantuflas. Los martes quiero exactamente lo mismo que el lunes. Ya para el miércoles la taza se rompe un poco, y es muy posible encontrar a este servidor en algún lugar público. Ya del jueves en adelante, ahora sí, que Dios nos ayude. Pero los lunes, inamovibles.

Este lunes en la noche, sin embargo, traía una cerveza en la mano y los zapatos de vestir más ajustados de La Condesa. Traía, también, toda la intención de aprovechar la primera distracción de mis acompañantes para salir volado, aventarme bajo un automóvil y arrastrarme hasta mi departamento sin ser visto. El contexto simplemente no era el adecuado, y mi cerebro no me dejaba de molestar con imágenes de mi pijama extendida a un lado capítulo de Saramago, que no alcancé a concluir. Mi rutina y mis principios logísticos se colapsaban más cada segundo.

Había transcurrido el tiempo suficiente bajo el mencionado escenario como para que mi sonrisa cotidiana comenzara a perder su curvatura, cuando de un silencio no-incómodo brotó la frase “¿Supieron que (nombre omitido) se suicidó?”. Nos quedamos helados todos.

Al parecer (nombre omitido) llevaba años batallando con una severa depresión, producto de un coctel de problemas distintos que no terminaba de lograr acomodar. Comentaban los presentes que era pintor, y que el pesimismo inherente que acompaña la vida de los artistas le había imposibilitado ser agradable.

A mí ese me pareció un argumento fácil, simplista; y hasta un poco irresponsable, pero mis pantuflas seguían en mi cabeza y no tenía ganas ni energías para brincarle al ruedo. Prosiguió un discurso pedante por parte de otro de los presentes, que aseguraba que para lograr crear cualquier tipo de vida meritoria había que sufrir y quejarse constantemente. Aseguraba que todos los grandes titanes se suicidaban (Frida Kahlo, Van Gogh, Hunter S. Thompson, Virginia Wolf, Kurt Cobain, Ernest Hemmingway), o por lo menos ofrecían obras incuestionablemente depresivas (Ingmar Bergman, Joseph Conrad, Leonard Cohen, Dostoievski, T.S. Elloit, Gaughuin, Miro, Nietzche, Edgar Allen Poe, Kurt Vonnegut). El grupo asentía al equiparar la felicidad con la estupidez y la lucidez sensible con la más totalizadora y abominable amargura.

Yo estaba tan en desacuerdo, que exploté; no podía permitir que se tratara un tema así de complejo y matizado con tanta soltura: “A ver, chicos; ¿Qué hay de Neruda, de Amado Nervo, de Kandisnky, de Vargas Llosa, del propio Gabo, de Cat Stevens? ¿Qué hay del Dalai Lama? A mí no me vengan.”

Fue tal mi vehemencia que los acompañantes se hicieron un tanto para atrás, sin ofrecer resistencia alguna. Yo respiré profundo, pero justo cuando comenzaba a llenarme de orgullo recordé que era lunes, estaba cansado, y me apretaban los zapatos.

Siempre he creído que hay que actuar como los grandes, aunque no poseamos una décima parte de su talento: Así es que me quité el reloj, pedí otra cerveza, y miré cómo mi sonrisa terca recuperaba su curvatura.

mikeyvillarreal@gmail.com