¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza?
En un artículo reciente “Y si lo bello regresa” en el suplemento Laberinto, Heriberto Yépez, cuestiona a un crítico neoconservador que proponía a los espectadores y amantes del arte, dejar de lado la teoría y volver a disfrutar simplemente su “belleza”, esto es, volver a un estado contemplativo sin cuestionar nada.
Yépez critica esa postura conservadora, y con razón, ya que una mirada acrítica en el arte, es igual a una mirada acrítica en cualquier otro ámbito, por ejemplo en el ámbito político. Quienes desean que no haya críticas simplemente denotan una postura impositiva.
Hasta aquí estoy completamente de acuerdo con el artículo. Dejar de lado la teoría en el arte supondría un acto de “flojera” mental, un camino hacia atrás que negaría todo lo que se ha escrito en materia de estética, también negaría (y aquí parafraseo a Ranciére), todas las paradojas del arte político y también sus desventuras.
Pero más adelante Yépez cita una postura que vincula al arte con el psicoanálisis, cito:
“Tradicionalmente, el arte provoca una reacción psicodinámica mayormente vinculada a regresiones. Nos conmueven libros, canciones, películas u obras de arte que le muestran al cerebro alusiones veladas a nuestra forma inconsciente de ver al mundo. El arte engalana las fantasías humanas, dotándolas de una falsa realidad. El arte da a los adultos lo que los cuentos de hadas a los niños: preciosas mentiras, amuletos del autoengaño”. El “misterio” de la obra de arte es un fenómeno psicológico”. Fin de la cita.
La postura que cita Heriberto Yépez es una postura que se volvió tradicional el siglo pasado pero cuyos estatutos ya han sido cuestionados. El arte que sólo sirve para engalanar fantasías humanas y dotarlas de una falsa realidad es el arte de Walt Disney, es también el arte de muchas telenovelas y no pocos Best Sellers, es el arte al que recurre Televisa para conmover al gran público. Según estos presupuestos las amas de casa habrán de conmoverse por la boda del galán rico con la criada; en estas narrativas los buenos son siempre muy buenos y los malos son de lo peor, sin matices. La televisión, el cine y no pocos libros recurren efecto melodramático, a reflejar en la pantalla los deseos supuestamente ocultos del televidente. Así tenemos historias de terror color de rosa, con vampiros pero románticas, series de televisión por montones para dar gusto al público. La industria detrás de la ficción es muy grande, y no dudo que apueste a convertir sus productos en un fenómeno psicológico, es decir en un fenómeno de masas.
Pero esta visión oculta una ideología que permea todavía en muchos productores de arte. Se piensa que quienes producen televisión, cine o cualquier tipo de objeto artístico están por encima de su público. Saben más y piensan más.
¿Pero qué pasa con los espectadores hoy en día? ¿Realmente son esos entes pasivos que se entregarán al sentimentalismo más burdo y barato? ¿No son acaso personas con las mismas capacidades de raciocinio y comprensión que los artistas? La inteligencia es igual en todos, no así las competencias.
Lo que sería deseable en este país es que los objetos artísticos estuvieran al alcance de todos, que cualquier ciudadano, sin ser artista o académico, tuviera la oportunidad y la libertad para asistir a una galería o tener libros baratos al alcance de la mano; que pueda lo mismo visitar un museo, en su tiempo libre (aunque el resto del tiempo lo dedique trabajar). Lo deseable es un espectador que sin ser especialista, algunas noches asista a un concierto o a una obra de teatro. Este espectador no será más culto ni más inteligente, simplemente habrá cambiado sus hábitos.
Que existan espectadores que se tomen el tiempo de visitar un museo o un teatro ya reconfigura los espacios habituales en los que nos movemos de manera cotidiana. El arte puede crear objetos comunes y dotar de sentido a algo que no está siendo dicho por una comunidad. Más que buscar crear un efecto psicológico en el espectador, el arte puede brindar un espacio de libertad creativa y una oportunidad de disenso, fuera de las relaciones convencionales: causa/efecto, emisor/receptor, artista activo/espectador pasivo.
Los discursos artísticos no son otra cosa que diálogos, quizás discusiones, en las que todos los involucrados tienen la oportunidad de estar o no de acuerdo con lo que ven o escuchan.
Los espectadores “ingenuos” se están acabando, y con ellos muchos de los presupuestos en los que el arte es ejercido por sujetos superiores, eruditos o sabios que tienen una mirada más alta y más inteligente que el resto de la gente.
Pero ¿qué es lo que entendemos por ficción?, según la postura psicológica, la creación de un mundo imaginario opuesto al real. Este mundo imaginario conmueve al espectador que se ve reflejado en él, por ejemplo, se da cuenta de que existe el mal o la crueldad y eso lo lleva a un momentáneo sentimiento de culpa, quiere cambiar su mundo, pero sin embargo no lo hace, su conciencia se adormece, simplemente ha disfrutado una gran película.
Pero la ficción es también un trabajo que (cito a Ranciere) produce disenso, pues cambia los modos de presentación de lo sensible, las formas de enunciación y los ritmos de las cosas, construye relaciones nuevas entre la apariencia y la realidad, entre lo que vemos y su significado. El arte produce otro tipo de relaciones que tienen que ver con la manera en que entendemos el mundo y en que lo abordamos, con la manera en que se dicen o se ocultan las cosas.
Disiento de la idea conservadora y simplista de volver a la simple contemplación de la belleza, o aceptar que el arte únicamente funciona cuando “conmueve” a su espectador. El espectador que las industrias culturales quieren es un espectador pasivo que se dejará conmover hasta las lágrimas, que sufrirá con los héroes o heroínas que se le presentan en escena.
Pero hoy en día tenemos otro tipo de espectadores, no sólo de obras de arte, sino de televisión y de todo lo que puede encontrar en la red; estos espectadores pueden pararse frente a una obra de arte y disentir de ella, dar ellos a su vez una opinión, pueden tomarse la libertad para tener su propia postura frente a lo que ven. Los agentes pasivos que reciben y responden de manera pavloviana a los estímulos que la obra les lanza son espectadores de otra época. Tal vez pensar en otro tipo de espectadores también cambie la manera en que producen las grandes industrias de ficción, incluyendo a muchos de sus malogrados artistas. Respecto a la pregunta que da nombre al artículo ¿de qué hablamos cuando hablamos de belleza? Creo que ya no la respondí.