El extraño caso del Dr. Bryce y Mr.Echenique

Una lágrima rueda por la rugosa mejilla del cartujo, la deja correr, mira cómo cae y se desbarata en el piso. No es una lágrima de tristeza sino de felicidad. Si pudiera gritar lo haría, pero acaba de renovar sus votos de silencio y la emoción se le anuda en la garganta y se vuelve llanto.

Ha descifrado el misterio de los plagios periodísticos de Alfredo Bryce Echenique, un autor capaz de iluminar con su sentido del humor los días más oscuros.

Lo recuerda una tarde a principios de los ochenta —¡del siglo XX!— en la Feria del Libro del Palacio de Minería: risueño, ameno, respondiendo preguntas del público y contando anécdotas sobre el amor y las mujeres.

Había leído su novela Un mundo para Julius y en ese momento estaba atrapado en la locura de La vida exagerada de Martín Romaña. Martín era como él: un coleccionista de fracasos, un melancólico incurable. Un personaje cuyos infortunios se agravaban con la presencia pero todavía más con el abandono de Inés, su hermosa esposa limeña, en pleno Mayo del 68, en París.

Nunca se ha reído tanto con las desgracias ajenas, y tal vez no lo vuelva a hacer. Para eso haría falta un narrador tan potente como don Alfredo, tan dispuesto a desnudar en sus ficciones sus propias fragilidades y fracasos, a burlarse sin piedad de sí mismo.

Por eso, como tantos otros de sus lectores, y dado su indiscutible talento, no entendía su voluntad de apropiarse de textos ajenos para publicarlos con su nombre en periódicos y revistas de América y Europa.

Con todo, nunca abjuró —ni lo hará— de su literatura. Menos aún cuando ha resuelto el enigma de sus plagios y está en condiciones de ofrecer una explicación a su conducta.

El asunto es simple, como en la célebre novela de Stevenson, en don Alfredo cohabitan dos personas, dos maneras de ser opuestas y no necesariamente complementarias. Es uno cuando escribe literatura y otro cuando hace periodismo.

El primero es original, dispuesto a afrontar las vicisitudes de la vida con una sonrisa. Su mirada es irónica, pero también —dice con razón Alonso Cueto— ácida y desencantada.

El segundo —obra del primero— comenzó bien, pero con el tiempo cobró independencia, se hizo indolente y cínico y terminó copiando a diestra y siniestra sin importarle magullar el prestigio de su creador.

Una pócima desconocida —¿pisco, chicha, acaso atole con el dedo?— transforma al primero en el segundo. Dr. Bryce desaparece y en su lugar, frente a la computadora, Mr. Echenique se desmelena en la ardua labor del copy paste.

Él es el culpable del todo el escándalo en torno al Dr. Bryce en estas semanas. Dr. Bryce es inocente y —parafraseando a Stevenson— conserva todas sus cualidades inalteradas y, con la conciencia limpia, duerme tranquilo todas las noches soñando con ese día —el 26 de noviembre— cuando, con el premio de la FIL, reciba su cheque por 150 mil dólares. Bienaventurado sea.

Queridos cinco lectores, con el discreto encanto de una belleza australiana, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.