Lucero

No es fácil imaginar las emociones de Lucero Davis la mañana de ayer.

“@rubenmoreiravdz. No sabes gobernar!!! Esto es tu culpa maldito!!!! Renuncia”, fue el mensaje textual que la viuda de José Eduardo Moreira Rodríguez publicó en Twitter por la mañana y en el que culpaba al gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, por la muerte de su marido.

En el contexto de la joven viuda no sólo era al gobernador a quien dirigía el mensaje: era al tío de José Eduardo, al hermano de su suegro Humberto Moreira y a su propio tío político. Sus razones tendrá para haberlo hecho tan lejos del marco privado y familiar.

Sin embargo, todo esto, al margen de la relevancia nacional que cobró el asunto por la relación con los hermanos Moreira, queda en mera anécdota. Ya lo decían en redes sociales: los hijos de los políticos y empresarios tienen siempre quién les llore mientras el resto de los miles que ha dejado la guerra de Felipe Calderón, salvo contadas excepciones, son llanas estadísticas en la numerología del país.

El fenómeno es más denso y más profundo y tiene que ver con una pregunta: ¿Qué es lo que queda una vez que se acallan las balas, una vez que se ha enterrado a los muertos y los delincuentes han (nuevamente) desaparecido?

La respuesta es obvia: el duelo, y es aquí en donde el caso de Lucero Davis resulta ilustrativo, pues su tragedia personal se refleja en un acto público donde muestra no sólo el terrible dolor que la aqueja, sino una reacción cargada de ira y odio hacia una figura en particular, a quien no sabemos si se dirige por su investidura de gobernador de Coahuila o de familiar político, o en el último de los casos de los dos.

Y hasta ahí sigue siendo anécdota, pero deja de serlo cuando ubicamos esa emoción que reflejó Lucero en la mente de 60 mil familias que durante los últimos seis años han tenido que ir a una morgue para identificar a un familiar que murió acribillado, destazado o calcinado, y eso suponiendo que esas familias hayan tenido la turbia fortuna de tener un cadáver frente a quien llorar.

Tan sólo en Nuevo León la asociación civil Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos (CADHAC) estima que hay 978 personas desaparecidas, hijos e hijas, padres y madres, hermanos y hermanas de alguien que con angustia espera todos los días una llamada telefónica que ponga fin a la incertidumbre de no poder llorar frente a una tumba e iniciar su proceso de duelo, su recorrido desde la negación hasta la aceptación, pasando por la ira, la depresión, la elaboración, cada una de las fases, un limbo emocional al que la fatalidad pareciera haberlos condenado.

Al final, el saldo que nos quedará el 1 de diciembre de 2012, cuando Felipe Calderón entregue la banda presidencial a Enrique Peña Nieto, será una profunda resaca de rencor y de odio, la herencia de una guerra cuyo absurdo no yace en la violencia, las muertes, el miedo o en el cambio de hábitos, sino en que tras seis años de sacrificios la situación no dista de donde comenzamos: cárteles que operan dentro y fuera del país, capos que van y vienen, droga que no deja de pasar.

Y nosotros detrás, una población que parece ya no aspirar a la legalidad sino a la paz, a su día con día, y a llorar dignamente a sus muertos. Y sin un tío gobernador a quién reclamar…

horacio.salazar@milenio.com