El tema abordado la semana anterior me abrió el apetito, por lo que procedo a enlistar lo que solíamos a empacar en la mochila, para zampárnoslo durante los siguientes dos o tres días de campamento.
Carne: los problemas de conservación limitaban sus variantes de consumo a chorizo, jamón y chuleta ahumada ―ésta última desde hace años no puedo verla ni en pintura―, invariablemente de las marcas que estuvieran en promoción al momento de comprarlas en el supermercado. La calidad era de lo menos, puesto que los perros que saqueaban nuestra despensa en temerarias incursiones nocturnas nos ahorraban la molestia de corroborar la calidad de los productos adquiridos.
Huevos: ganas de complicarse la existencia con tal de desayunar huevos revueltos. Transportarlos implicaba envolverlos individualmente en papel periódico antes de introducirlos en un tupper ware colocado, como el Santo Grial, en medio de la ropa cargada dentro de la mochila. Mi patrulla llegó a adquirir una maletita de plástico roja, especialmente diseñada para colocar una docena de blanquillos que llevábamos en la mano con el mismo cuidado puesto por los protagonistas de El salario del miedo para transportar nitroglicerina por la selva sudamericana. Y todo para que, invariablemente, terminaran carbonizados y con sabor a la gasolina blanca de la cocineta donde los preparábamos.
Frijoles y puré de papa: empleábamos sendas presentaciones en polvo y algo así como hojuelas deshidratadas, respectivamente, que implicaban agregarles agua para crear una pasta con un sabor similar a los ingredientes anunciados en sus empaques. Nunca nos animamos a consumirlos a lengüetazos, como chamoy, ante el temor de quedar obstruido nuestro aparato digestivo.
Atún: tenía como 30 años de edad cuando descubrí que los atunes no son redondos ni del tamaño de una lata ―imagínenselos así, nadando en cardumen―, y que pueden comerse sellados, maridados con vino tinto (su intensidad de sabor se equipara a la carne roja). Todavía no supero la sensación de engaño.
Pan: ¿a quién se le ocurre cargar con la bolsa de pan Bimbo, con la esperanza de comer intactas sus rebanadas? Invariablemente, el empaque llegaba compactado a la cuarta parte de su esponjoso tamaño original, aunque no recuerdo que alguien hubiera puesto reparos en comérselo.
Ensaladas: ¿bromean? Jamás vi una lechuga en campamento.
Sopas: la primera de dos alternativas era gourmet, representada por la lata de crema de champiñones marca Campbell’s, con el sabor más grato que recuerdo haber probado en mi escudilla de campamento. O lo que ahora creo que fueron las versiones experimentales de las sopas Maruchan, llamadas Instan Ramen. Por más que lo intento, no dejo de pensar que pertenezco a una generación que sirvió como ratas de laboratorio.
“Agua de limón” y “jugo de naranja”: mi organismo todavía se estremece al recordar que recurrimos a unos polvos denominados con los escalofriantes nombres de Limolín y Tang, respectivamente. No estoy seguro que su consumo carezca de efectos secundarios. Me doy por bien servido con que mi descendencia nazca sin branquias.
Llamadas de silbato
SOBRE PEDERASTIA: Corta se quedó la semana anterior la discusión sobre la materia, misma que en realidad resulta por demás añeja. Jorge Ibargüengoitia recuerda en alguno de sus artículos periodísticos cómo, por los años cuarenta, ayudó a ordenar el archivo de la correspondencia de algún jefe scout nacional: “Alguien pedía tres cartillas de primera, y se le contestaba que en ese instante se las estaban poniendo en el buzón. Alguien acusaba al jefe de tropa del grupo primero ―y único― de San Sebastián de los Tepalcates, de cometer inmoralidades con los scouts a su mando. Alguien proponía la creación de un nuevo patronato y se proponía a sí mismo para desempeñar el cargo de tesorero, etcétera”. En realidad, resulta idiota denunciar un abuso infantil ante el jefe scout nacional o la Corte Nacional de Honor; se denuncia ante Ministerio Público, punto... MODA FEMENINA, AL FIN: Tuvieron que pasar más de tres décadas de la integración de las unidades femeninas a la Asociación de Scouts de México ―aunque las mujeres ya estaban dentro desde mucho antes, en calidad de lobateras― para que, al fin, dispusieran de camisolas diseñadas para su anatomía, cuya venta se anuncia con bombo y platillo en la Tienda Scout y distribuidores autorizados. Al respecto, cometa Gabriela Álvarez, una de sus potenciales compradoras, en el facebook de la Asociación: “Vaya. ¡Por fin! Todas las camisolas que he tenido las mando a arreglar porque son unas sábanas. Los felicito por ser incluyentes”. (01/oct/12)