Más o menos reza así: “Búscalo sólo en los libros, pues no es más que un sueño que se recuerda; una civilización que se esfumó con el viento”. No suena tan bien en español, pero algunos lectores se habrán percatado al instante de la alusión que hago. Aún para los que no lo hicieron, lo más importante aquí es que desde que terminó de girar el Blu-Ray de “Lo que el viento se llevó en la LED de mi sala hace algunos minutos, se me dilataron las pupilas.
La película es viejísima (1939), pero le dejaron caer tantos dólares a la producción que, salvo uno que otro efecto especial imposible de bien lograr en aquella época, el film bien podría haber sido estrenado hace algunos años. Ha sido una de las películas más caras de toda la historia, así como la más taquillera desde que los hermanos Lumière le hicieron un enorme favor al mundo. Si volvemos a respetar la autoridad y señoría de la inflación, Lo que el Viento se Llevó recaudó más dinero que Avatar, Titanic y Star Wars. En una época donde la población de Estados Unidos era de 130 millones (en vez de los 311 millones de hoy en día) y en la que uno no se topaba con televisiones en los autobuses promocionando nuevos estrenos cinematográficos; es imposible no asumir que la obra estaba plagada de mensajes subliminales meticulosamente incorporados que obligaban al espectador a verla tres veces a la semana.
Eso, o bien que la película era extremadamente buena.
Me inclino por la segunda suposición, ya que la película no es buena, sino lo que le sigue de lo que le sigue. La trama es elegantísima, las actuaciones son impecables (sobre todo las de Vivian Leigh y Clark Gable), la banda sonora es imposible de criticar y su duración de cuatro horas (en la versión extendida) es más que justificada. Sé que estoy soltando superlativos como aspirante a la presidencia, pero genuinamente considero que acabo de devorar una obra de arte.
Aunado a todo esto, la película viene con aguinaldo para cualquiera que la ve en estos tiempos modernos. Me explico: En su sentido más puro, el filme habla de los cambios grandes generacionales y culturales; el tipo de sucesos progresivos que arrojan contextos muy distintos a los que los vieron nacer (en este caso la Guerra Civil Norteamericana). Como plus, cuando uno degusta la película hoy en día se topa con una pieza creada en tiempos muy distintos a los nuestros que retrata tiempos aún más distintos a los nuestros; tiempos históricos, de ensueño, efectivamente devorados por el viento.
Meses después de haber sido estrenada la película, la Segunda Guerra Mundial le tumbó los dientes al mundo. Luego vino la era atómica, el mundo bipolar, los movimientos estudiantiles y Milli Vanilli. Después el internet, las Torres Gemelas, el SARS y, por supuesto, La Caída de Édgar. Todos estos sucesos fueron desfigurándole el rostro a nuestro planeta y a nuestra idiosincrasia colectiva; con un “hoy en día” resultante que poco tiene que ver con un año 1939 que vio el lanzamiento de el primer bolígrafo exitoso al mercado.
Supongo que la mayoría de los espectadores de aquella época, mismos que no entenderían la existencia de la pantalla plana que hasta ahora termina de mostrar los créditos del peliculón que menciono, observaban el largometraje con una especie de melancolía indirecta; una noción innegable que argumenta que, aun sin haber vivido en ellos, los tiempos antiguos sin duda eran más sencillos, puros y genuinos.
En lo personal creo saber cómo se sienten, pues el Blu-Ray ha regresado a su menú principal, y hay más botones en este control remoto que años en mi vida.
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