Visité la exposición sobre Raoul Wallenberg en el Museo de Memoria y Tolerancia y no pude más que preguntarme: ¿Qué es lo que lleva a alguien a arriesgarlo todo, hasta su propia vida para salvar a un desconocido?
Supongo que todos tenemos alguna persona por la que daríamos nuestra vida, lo haríamos gustosos y sin dudarlo, ya que su sola existencia conlleva una parte de la nuestra. Los conocemos y amamos. Por eso me resulta fascinante pensar que existen personas que arriesgan su vida por otras que no conocen, que jamás han visto, de las que no saben siquiera su nombre, su ocupación, o su calidad moral.
Definitivamente de todo hay bajo al sol. Así, como hay gente noble, también hay quienes consideras cercanos y no mueven ni un dedo en el momento en el que lo necesitas. Bien dice el refrán que: “En la cama y en la cárcel se conoce a los amigos”. Es en momentos extremos, sin duda, cuando nuestros amigos nos demuestran que sí lo son o bien, nos enteramos que jamás lo han sido.
Raoul Wallenberg nació en el seno de una importante familia sueca el 4 de agosto de 1912. Su padre había fallecido tres meses antes y fue su abuelo quien se encargó de educarlo. Su madre volvió a casarse años más tarde. Raoul decidió estudiar arquitectura en la Universidad de Ann Arbor en Michigan. Al finalizar, trabajó en Ciudad del Cabo en Sudáfrica y en Palestina. Al regresar a Suecia trabajó en The Central European Trading Center y viajó por varias partes de Europa. Conoció a Koloman Lauer, un judío húngaro, que era dueño de una empresa de importación y exportación. Gracias a su buen manejo de los idiomas, y a que a diferencia de Koloman podía viajar libremente por Europa, se convirtió en uno de los principales accionistas de la empresa.
En 1944 empezaron a llegar informes de lo que realmente sucedía con los judíos en los campos de concentración. La diplomacia sueca puso manos a la obra y Raoul Wallenberg fue enviado como Primer Secretario de la misión diplomática sueca a Budapest en junio de ese año. Sabiendo que no había tiempo que perder, Wallenberg utilizó métodos poco convencionales. Diseñó un pasaporte de seguridad con los colores de la bandera sueca para ayudar a los judíos a que no fuesen deportados. No tenían valor internacional pero debido a la debilidad de los nazis y sus aliados por los documentos con sellos, ayudaron a evitar deportaciones. Rentó casas en donde puso la bandera sueca y las bautizó con nombres como “Instituto Sueco de Investigación” o “Biblioteca Sueca” para albergar a los judíos. Sus esfuerzos contagiaron a otras misiones diplomáticas que empezaron a emitir pasaportes de seguridad y abrir refugios. Desafortunadamente Adolf Eichmann también reforzó los suyos. Con su programa de deportación obligó a abandonar Hungría a pié y posteriormente en trenes de carga a miles de judíos. Wallenberg continuó repartiendo pasaportes de seguridad y comida, sobornando guardias, lo que fuera necesario para salvar una vida.
A principios de enero de 1945 Raoul Wallenberg fue detenido por el ejército soviético. Su final continúa siendo un misterio. Se calcula que aproximadamente cien mil personas deben su vida a éste hombre. Definitivamente, uno de los grandes héroes de la Segunda Guerra Mundial.
Ante una situación extrema, muchos a pesar de que no comulgan con ciertas ideas prefieren seguir al asesino para evitar estar en el grupo de los perseguidos. Mi amigo José Benegas, me comentó que el arriesgar tu vida para defender a otros es una forma de defender los valores que aseguran tu propia vida, y que te da congruencia. Para ellos es mucho mejor morir por defender tus ideales, que vivir bajo unos valores impuestos con los que no comulgas. Por eso se la juegan y arriesgan todo, porque no quieren vivir como esclavos y ser parte de un sistema donde se condena a quienes son “diferentes”, convirtiéndolos en una especie de demonios o enemigos a los que hay que perseguir. Estos héroes, que no aceptan la imposición, pues se identifican con la víctima y no con el victimario, que es lo contrario a lo que suelen hacer los cobardes.
Raoul Wallenberg, por su posición y condición económica, tenía diversas opciones, eligió la más noble: identificarse con las víctimas y hacer algo por ellas. Quizá no todos estemos destinados a ser los Wallenberg de nuestro tiempo pero podemos hacer algo por los demás. Siempre he admirado a esos héroes anónimos que donan su sangre u órganos para salvar a otros. Y si queremos, todos podemos formar parte de este grupo.
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