Me consta que nunca he ocultado mi identidad scout entre mis compañeritos de trabajo, por lo que me extraña que no hagan comentarios al respecto, para bien o para mal. ¿O, de plano, tendré una jeta que los hace creer que voy a morderlos si sacan el tema a colación?
Tal vez sean problemas de sociabilidad laboral, porque algo similar me ha ocurrido en todas las chambas desempeñadas por más de veinte años, incluidas en aquellas donde parte de mis responsabilidades eran, precisamente, mantener un espacio sobre temas escultas en medios donde trabajaba de planta o colaboraba —el semanario Objetivo, en mis pinitos periodísticos; el suplemento “juvenil” del periódico El Universal, después. La tecnología me permite subir desde mi computadora el post semanal al portal de Milenio, lo que hace innecesario pararme por su redacción, condición que sólo ha acrecentado mi curiosidad por averiguar qué diablos pensarán sus encargados sobre este espacio de animada participación, rarísimo a ojos externos.
Total, que contadas son las veces que he hablado sobre los scouts en el trabajo —y no por ocultarlo, insisto—, si no porque no se ha presentado la oportunidad, aunque también puede recriminárseme que no la he buscado. Tampoco recuerdo haberme topado con algún colega que, en algún momento, haya portado camisola y uniforme, lo que sí me ha pasado con algunos personajes a los que he entrevistado —el aquí multicitado pintor Manuel Felguérez, pero también los escritores David Martín del Campo, Rodrigo Moya, Alberto Ruy Sánchez e Ignacio Padilla—, donde el tema de su paso por el escultismo ocupó un importante espacio de la charla periodística, con un intimista tono de complicidad.
Tengo que remontarme a mis tiempos estudiantiles para encontrar otros momentos donde llegué a manifestar mi identidad esculta fuera de sus propias actividades. En la preparatoria del Centro Universitario México coincidí con el Totoño, mi guía de la Halcones, y otros scouts de otros grupos de la provincia Benito Juárez, entre ellos Josan, quien estaba en la tropa del grupo 6 que, a la fecha, se reúne en el parque de los Venados. Con él me regresé corriendo de la escuela la mañana del 19 de septiembre de 1985, una vez que nos dejaron salir, para ir a nuestras casas a calarnos el uniforme antes de alcanzar a los integrantes de nuestros respectivos grupos para apoyar en las labores de de rescate y apoyo a las víctimas del terremoto que, la próxima semana, cumplirá 27 años de haber devastado la ciudad de México.
Menos dramático es el recuerdo proveniente de mis últimos semestres en la Facultad de Ciencias Políticas, donde para el trabajo final del laboratorio de radio grabé la adaptación de “Cuentos de una noche de campamento”, y recluté los actores entre los integrantes de la tropa que por entonces dirigía —el Conchas, Sonric’s y Roddy Godínez; también me embarqué a mi cuate el Mugis, quien para entonces era dirigente de manada en mi grupo. Lo mejor del asunto fue que me asignaron tiempo de estudio el sábado por la mañana, por lo que los cité uniformados para ir a mi escuela a grabar, para luego pasarnos a la junta en nuestro local.
Hasta eso, reconozco que nadie nos miró feo —igual porque los sábados casi no se paraba nadie por mi facultad—, aunque tengo claro que no fue una visita “clandestina”, puesto que platiqué de sus pormenores, incluida la vestimenta, entre mis compañeritas de salón, sin que mostraran mayor interés más allá del que demandan las reglas de etiqueta.
Asumo que tampoco las impresionó mayor cosa el que imaginarán mi gallarda imagen uniformada, puesto que en toda la carrera no me ligué a ninguna compañerita de generación.
Llamadas de silbato
SOBRE FELIPE REYES: El sábado se depositaron las cenizas del ex integrante del grupo II de la ciudad de México y la Asociación de Antiguos Scouts en una cripta familiar de la catedral metropolitana. Como lo señalara Guillermo Ponce la semana anterior, el fallecido Felipe Manuel Reyes y Cervantes, su nombre completo, fue entrevistado para una de las publicaciones de la Asociación, el Tlatoani en su número de julio-septiembre de 2008, en su sección “Scouts ejemplares”. Ahí nos enteramos que el ahora difunto ingresó a la tropa del grupo II en 1938, a la edad de nueve años, puesto que entonces todavía aquel grupo no contaba con manada de lobatos; según mis cálculos —corríjame quien tenga el dato preciso— debió ocupar la subjefatura nacional durante los setenta, bajo la conducción de Enrique León Andrade. Forjado en la vieja escuela esculta, señaló en la mencionada entrevista que el movimiento scout “ha perdido motivación, adiestramiento, disciplina, falta de participación de los distritos y provincias con la oficina nacional y que el programa nacional se ha dejado de respetar de gran manera además se ha perdido hermandad, unión y respeto entre los miembros”. ¡Ups! Bueno, pues, ¿qué quieren? Eso dijo… DE GUILLERMO ARRIGA me gustan sus novelas e historias para cine —Un dulce olor a muerte, particularmente, en el primer caso; Los tres entierros de Melquiades Estrada, particularmente, en el segundo—, las cuales no se explicarían sin su pasión por la cacería, misma que reconoce sin empacho. “No puedes amar la naturaleza si no es de forma completa, sin contradicciones”, le dice a Alfredo C. Villeda, en una entrevista publicada ayer domingo en el suplemento “Dominical” de Milenio. “La cacería te acerca como un rito profundo a misterios difíciles de acceder de otra forma. Al entender el proceso de la muerte tiendes a ser menos violento, sabes lo que causan tus actos, entiendes tu lugar ahí y que eres parte de la cadena ecológica.” Hasta dan ganas de invitarlo a darle una charla a los scouts, amantes a ultranza de los animalitos del bosque, algo que sin duda sería harto divertido. Llama la atención lo dicho por el creador de la historia de Amores perros hacia el final de su entrevista: “… hay que devolverle a este país algo y trata uno de hacerlo dando clases, con mi trabajo, con ayudar a la gente. […] Mis padres me enseñaron que de lo que se trata es de dejar el mundo mejor de cómo lo recibiste”. Me suena familiar la frase. (11/sept/12)