¡Camaradas! No es por ahí (7-0)

Será por morbo, pero cuando me doy la vuelta por YouTube por lo general termino gravitando hacia los videos más humillantes del portal. Clips como el de la pareja recién casada que se embarra contra una pared en el salón de bodas, o como el de la reportera que es atacada salvajemente por un gato en plena transmisión, son mis predilectos a la hora de buscar dispersión. Es injusto lo que hago, inhumano, y supongo que algún día me caeré en un pantano o me estrellaré contra un nogal para pagar mi penitencia. Pero hoy en día se me van las horas y las carcajadas cuando los miro.

Mi fijación extraña por la humillación de terceros se ha ido matizando con el tiempo, pasando de ser un simple gusto por los trompazos físicos, a un deleite más refinado que involucra situaciones socialmente incómodas o errores flagrantes inadvertidos. Así son los placeres culposos.

La iteración más reciente de mi hobby demencial de YouTube involucra ver los autogoles del futbol. No me refiero a los autogoles en los que el defensa da un salto espartano desde el lado lejano del área chica, roza el balón, y se da cuenta de que el esférico aun cayó en la red. Esas autoanotaciones son comunes y justificables. Hablo más bien de los autogoles marros; los de primaria. Hablo de errores garrafales de comunicación entre el arquero y sus muchachos, de intervenciones innecesarias de los defensas, de chanclazos mal calculados. Me refiero a chorreadas tan desafortunadas que el infractor hecha al suelo y comienza a lagrimear. Dios santo, voy directo al pantano.

Este tema arriba a su clímax de entretenimiento cuando el culpable del autogol no tiene idea del charrasco que acaba de cometer. La humillación silenciosa compartida por todos y comentada por nadie que perdura durante algún tiempo es la más desgarradora de todas.

Lo que me parece fascinante del concepto del autogol no es su contexto futbolístico, más bien es la realización de que nuestras buenas intenciones pueden, en ciertos casos, ser contraproducentes.

¿A qué voy con todo esto?, les explicaré: Desde que concluyeron las elecciones presidenciales hace casi dos meses, el comité de campaña de Andrés Manuel López Obrador se ha estado metiendo más autogoles que un equipo de segunda división de la Liga Panamericana de Invidentes. Es una situación muy seria y trascendental, pero estallo a carcajadas cuando veo que ninguno de ellos se ha dado cuenta aún.

El barómetro perfecto lo encontramos en los foros de MILENIO. Recuerdo una semana antes de las elecciones, los comentarios positivos a favor de Andrés Manuel eran abrumadoramente mayoritarios, y pocos tenían la osadía de hablar bien de Peña. El día de hoy, sin embargo, la mayoría de los cibernautas califican a López como “loco” y “enfermo de poder”, y cada vez brotan más mensajes rezando algún derivado de la siguiente frase: “Yo no voté por Peña, y la verdad odio al PRI, pero después de ver a este demente me da mucho gusto que no haya ganado.”

¿Qué no se dan cuenta, geniecitos? ¡Están legitimando a Peña! Con cada marcha, declaración y bloqueo carretero no hacen más que ofrecer un espectáculo espantoso, que hace ver a las huestes del PRI como héroes galantes, últimos paladines de la estabilidad en un país que se revienta a pedazos. Bien, bien ahí. Tanto que se la pasan denostando al sistema, y no hacen más que obrar a su favor.

Si yo fuera Luis Videgaray estaría recostado en un sillón de piel frente al televisor, con la pierna cruzada y una botella peligrosamente congelada de champagne. Estaría sonriendo ante cada desencanto, festejando cada gol.

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