En términos político-electorales, este país nos ha dado mucho de que hablar últimamente, así es que hoy protestaremos haciéndole un merecido tributo al silencio, y a uno de sus exponentes más significativos: El Vagabundo de Chaplin.
Pocos personajes han logrado decir tanto con tan poco como esta creación genial de Charles Chaplin. Gestor de dignos imitadores como Buster Keaton y padre moral de grandes derivados como Cantinflas, El Vagabundo fue tan versátil que lo mismo hizo reír a niños pequeños con sus tropiezos escénicos, que hizo reflexionar a adultos y jóvenes inquietos con imágenes inolvidables de dictadores torpes y trabajadores explotados. Fue en su momento el icono más reconocido del planeta, y sin decir palabra alguna dictó temas de conversación y cambió paradigmas.
Traigo el tema en pluma porque tuve la insuperable suerte de toparme con una sección especial de Chaplin en una tienda departamental. Había un repositorio entero de DVD y Blu-Ray de películas, documentales y compilaciones del mimo inglés, y flotaba en el aire la casualidad de que mi cartera había quedado recién lubricada por los dioses de la quincena. Así es que me dejé caer.
Adquirí cuatro artículos estratégicamente seleccionados para fungir como la introducción perfecta al personaje y al actor: las películas Candilejas (Limelight) y El gran dictador (The Great Dictator), un documental de su vida presentado por el History Chanel, y una recreación fílmica de su vida, interpretada por la garantía actoral que es Robert Downey Jr.
Llegué a mi casa con los pelos de punta y me puse a hacer mi tarea. Unos cuantos días más tarde regresé al mundo con la cabeza hinchada y llena de información chaplinesca, listo para construir la siguiente reflexión:
Aun cuando sus últimas películas contenían diálogo, los movimientos y las gesticulaciones de Chaplin siempre fueron sus voceros principales. Detrás de una apariencia infantil, ingenua, de corte imbécil inclusive, se maquinaban expresiones y movimientos perfectamente coreografiados, exhibidos en intervalos justos y a través de dosificaciones perfectas con la inquebrantable intención de comunicarnos algún mensaje en específico. El Vagabundo, siendo mudo, fungió como el mitigante perfecto para los acentuados mecanismos de defensa de un mundo ruidoso que no salía de un conflicto cuando ya padecía de otro. Las películas de Chaplin fueron, de manera no intencional, los sonidos perfectos para una población mundial desesperada y aturdida.
Esto me lleva a pensar que tal vez, en este momento y en nuestro país, necesitamos algo similar: alguien que no nos diga absolutamente nada, que sólo nos enseñe. Alguien despojado del paternalismo caricaturizable que se ha adueñado de la mayoría de los políticos, el cual los lleva a dirigirse a nosotros como si sus palabras no hicieran ruido. Alguien sin la boca llena de los “qué”, y el andar depurado de los “cómo”. Alguien calladito pero mucho, mucho más bonito.
Maestros de la palabrería hay para aventar pa’rriba en este país. Sobran los mexicanoides de tres pesos que tienen la capacidad de pararse en un templete y escupir misa. Ese talento es prácticamente un commodity, una habilidad rascuacha que no adorna ni un currículo en papel periódico. Yo me pico la lengua cada vez que se planta otro hombrecito iluminado y empieza a soplarle el aire, y me la seguiré picando hasta que se me ponga morada.
Así es que seguiré siguiéndole la pista a Chaplin mientras llega un paladín verdadero, mientras se aparece un auténtico señorón. Alguien congruente que haga de un gesto un comentario, de un baile un mensaje y de un tropiezo una lección.
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