El cine es un medio muy poderoso, para bien y para mal, y lamentablemente analizaremos ambas caras de esta afirmación durante el artículo. Por lo pronto, sin embargo, no es necesario rechinar. Siempre he pensado que en la vida hay que arrancar con lo bueno y después sólo aludir a lo malo, así es que ahí les va.
Son pocas las veces durante mi existencia en las cuales me he sentido tan emocionado por algo así, pero hoy me muerdo los nudillos con tan sólo pensarlo. Han transcurrido más de tres meses desde que el internet me regaló una probadita del peliculón que se va a dejar venir el próximo viernes, y desde entonces mi mente le ha dado varias vueltas al mundo.
Les pido que no me juzguen cuando les comento que mi exaltación solamente deriva del estreno de una película. Habrá algunos lectores que sabrán de lo que hablo, pero escribo para todos: El Caballero de la Noche (Batman) regresa al cine para terminar de deshacer cualquier pretensión que pudiesen haber tenido las demás películas de superhéroes en el mercado.
No sé de qué se va a tratar el film en concreto, no he querido leer ni la primera letra del encabezado de algún extracto de su sinopsis. Mi intención es entrar a la sala sin nada más que mis altísimas expectativas y una cantidad irresponsable de palomitas para absorber hasta el último fotón emanado del proyector. Lo demás es lo de menos.
Muchos lectores ya degustaron las dos películas de Batman anteriores, y si ustedes pertenecen a este subgrupo sin duda entenderán lo que convierte a esta serie en algo que va mucho más allá de una tónica de escapismo para las vacaciones: el director de la saga (Christopher Nolan) ha logrado comprender al héroe encapuchado de una manera tan clara y tan profunda, que el resultante cinematográfico –más que ser una entrega que deleita por sus secuencias impresionantes de acción– termina siendo un sólido, rimbombante y aterrador análisis de cómo un contexto caótico nos puede arrancar la humanidad de un momento a otro, y de cómo la redención no siempre se obtiene a través de métodos virtuosos e impecables.
Este filme es un estudio perfecto de los claroscuros que nos acompañarán por siempre, un ensayo impecable e implacable que nos besa la mejilla a través de la imagen de un hombre atormentado que movería ciudades enteras con tal de no ser devorado por la oscuridad. Es, sobre todo, el indicio de una estela de luz vuelta aún más luminosa por el contexto sombrío que la rodea.
La vida real, sin embargo, en ocasiones carece de luz, y no siempre hay Caballeros de la Noche que se encarguen de limpiar el mugrero. Ayer, un joven compró su boleto para el estreno estadunidense de la película, se ajustó una máscara muy parecida a la del villano principal de la historia (Bane) y, armado hasta los tobillos, roció de balas a los espectadores de una sala de cine en Aurora, Colorado. Hasta este momento específico de mi proceso de redacción se han contabilizado 12 muertos, y se reportan más de 59 heridos. Los medios se han volcado sobre el tema y el presidente Obama decretó seis días de luto nacional.
Es un evento injustificable que no hace más que opacar el debut comercial del último capítulo de una serie cuyo único pecado fue, si acaso, traer a colación temas y factores irremediablemente endémicos dentro de nosotros los humanos. Temas con los que lidiamos a diario y, por lo general, logramos acomodar.
Enterándome de estas cosas me pongo a pensar si aquel impacto emocional que me lleva a anticipar el filme con tanta vehemencia no es el mismo que sumerge a otros en una vorágine incontrolable de ira, locura y oscuridad.
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