Lluvia en la capital

Está lloviendo en la capital. Tienden a desacelerarse las cosas cuando llueve, no sólo las externas sino las internas también, y en lo personal no me siento tan carburado. Me dan ganas de untarme en el mero corazón de avenida Reforma (visible desde aquí), extender los brazos y dejar que la omni-competencia de las gotas de agua que hoy saludan me someta por completo, hasta despintarme enteramente. Quiero teñirme de color mate y por unos instantes pasar desapercibido, volverme un apéndice más del pavimento y dejar que la ciudad me disuelva. Pero sólo mientras llueva.

No estoy triste ni de malas, es sólo que en este momento no estoy afuera. Laboro en un cubículo, el piso 18 de una de las torres más altas de todo Latinoamérica, y desde aquí nada escapa mi mirada. Veo las banquetas encharcadas, llenas de lodo, prostituidas y deslavadas por tantas pisadas: gloriosas. Veo automóviles arranados, confundidos y titubeantes, que no hacen más que denotar las complejidades del terreno: divinos. Vislumbro a los peatones atarantados, dispersos, embarrándose en las esquinas de los edificios para lograr evadir las moléculas celestiales, gotas frescas por las que en este momento mataría.

Pierde importancia la integridad de mi camisa de vestir refinada, pulcra, recién planchada. Colapsa la relevancia que tienen mis pantalones de lana impecable, entallados con mano santa, y la categoría de mis mocasines importados deja de ser motivo de orgullo. Estoy envuelto en materiales específicamente diseñados para alejarme del salvajismo animal del cual nunca escaparé por completo, y que en este momento no hacen más que estorbar.

Quiero desnudarme. Despojarme hasta del último calcetín, abrir la ventana inamovible de mi oficina y aventarme un clavado hacia la nada.

Quiero sentir la inminencia del suelo y descubrir que tengo la habilidad de volar un nanosegundo antes de caer, riendo a carcajadas al entender que siempre la tuve. Tengo ganas de planear inmaculado por toda la ciudad, burlarme del suelo y de Dios, pretender por un segundo que todo lo pude sin ellos. Quiero atravesar la periferia de la ciudad dando vueltas diagonales entre las nubes, abrir los brazos e imaginar que con uno alcanzo a tocar el Popocatépetl, y con el otro despido al Ángel de la Independencia. Quiero elevarme con descaro hasta insertarme en el mero corazón de la nube que nos rocía, internarme en sus entrañas y sentir cómo se condensa el vapor entre mis poros. Quiero volverme lluvia, caer en picada por los cielos y estrellarme en la frente de un rostro bonito, escurrirme entre las cejas una mujer auténticamente bella. Me gustaría deslizarme a través de sus pómulos, caer por su cuello hasta terminar en su abdomen, depositándome con gracia impecable en las profundidades de su ombligo, permaneciendo ahí hasta que el sol me arrebate.

Sería increíble viajar de esta manera, ser por instantes una verdadera parte de este mundo, contribuir al contexto de esta ciudad de una manera en la cual ningún humano que labora en un cubículo de piso 18 de la torre más alta de Latinoamérica jamás podría. Mi vida se tornaría por instantes en un todo rotundo, vasto, inmutable ante las barbaridades cambiantes del planeta. No habría mayor catarsis, se trataría de una bendición insuperable. Pero en este momento la corbata me aprieta el cuello y estoy más seco que nunca.

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