El refugio. Víctimas de la trata.

 

Reportaje: Escape de Tenancingo/Refugio de Víctimas
 
Víctor Hugo Michel      
www.twitter.com/vhmichel
 
El refugio se encuentra oculto en una colonia residencial de la Ciudad de México, en un edificio como muchos otros. Si se le preguntara a los vecinos, probablemente aventurarían que las inquilinas del quinto piso son estudiantes. Sólo un grupo más de jovencitas que han venido del interior de la República a concluir sus carreras en las universidades de la capital y que comparten los gastos de la renta. Roomies.
Por supuesto, pocos aquí saben que el departamento 501 no es lo que aparenta y que a su interior, 5 mujeres luchan a diario por rehacer sus vidas y superar el pasado, después de haber vivido bajo condiciones de esclavitud sexual en manos de redes de traficantes de personas, literalmente atrapadas en algunas de las zonas rojas más notorias del país.
"¿Qué se le ofrece? Nadie puede entrar a ese departamento", advierte el guardia de la entrada, un hombre que custodia celosamente a Paloma, Alejandra, Jimena, Carolina y Susana, cuyas edades oscilan entre los 19 y los 24 años y que en los últimos meses fueron rescatadas por autoridades federales y locales en distintos operativos. Viven en el anonimato, ocultas en el Distrito Federal, con un doble propósito. El primero es evadir posibles represalias por parte de los proxenetas que les explotaron --algunos están libres o tienen familiares aún activos en el negocio de la trata--. El segundo es más importante: empezar de cero.
Tras una llamada para verificar nuestra identidad, el guardia abre la puerta. El departamento, de tres estancias y dos baños, está escasamente amueblado. Tiene una mesa, cuatro sillas, un librero con algunas novelas y un televisor, un marco de fotografías al que nadie le ha puesto imagen alguna, un reloj que no marcha, tres plantas de sombra y una sábila a la que le faltan algunos pedazos. En la cocina hay un refrigerador y un letrero: "levanta tu comida".
En la sala se encuentran las 5 sobrevivientes, acompañadas de su maestra, una trabajadora social que les asiste en la preparación de sus exámenes para la preparatoria abierta y la universidad y que también les ayuda en sesiones de terapia psicológica diseñadas para enfrentar estrés postraumático, depresión, anorexia y bulimia, problemas que pueden aquejar a quienes han vivido experiencias como las suyas.
Paloma, la más joven de todas, es originaria del sur de Veracruz. Alejandra, Jimena, Carolina y Susana vienen de Tlaxcala. No podrían ser más diferentes: una busca estudiar comunicación, otra quiere abrir un restaurante de mariscos, una más quiere crear un albergue para mujeres víctimas de la violencia, una se prepara para secretaria y otra hasta quiere hacer bio-diésel y ya tiene detectada una planta con alto contenido energético.
Pero las historias de todas se intersectan en Tenancingo, el municipio de Tlaxcala que para las autoridades de México y Estados Unidos se ha convertido en el nodo central de la trata de personas en Norteamérica. De una u otra forma, todas fueron atrapadas por redes basadas en esa ciudad, conocida como la capital de los padrotes.
Hoy, las cinco trabajan en distintos puntos del Distrito Federal y son autosuficientes. Pero viven en el exilio. Estigmatizadas, no pueden regresar a sus hogares. Deben permanecer en el refugio.
 
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Alejandra, de Papalotla, a unos kilómetros de Tenancingo, tiene cicatrices de quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, recuerdos que le dejó su proxeneta de cuando se oponía a trabajar en los cuartos traseros de un antro. Cuando habla de su experiencia, lo hace en segunda persona, como si no fuera ella sino otra mujer la que vivió durante casi un año en condiciones de esclavitud.
Para ella, el enemigo estaba en casa. Fue su esposo quien comenzó a prostituirla en 2010. "Te va a pedir que comiences a prostituirte y le vas a decir que no. Y te va a pegar en la cabeza. Y vas a despertar en Izucar de Matamoros, en la zona rosa. Te va a poner un pantalón y un top y te va a poner a trabajar en un bar. A veces llegarás a tener 50 clientes diarios y tu cuerpo te va a doler por dentro".
Parte de la cultura del proxenetismo tlaxcalteca, expone, es atraer a nuevas reclutas. Alejandra narra cómo, para escapar de la clientela, ella misma enredó a otras mujeres. "Te conviertes de víctima en victimario. La condición que te pone tu esposo es que los ayudes a enganchar a otras chicas. Y vas a aceptar con tal de que tú dejes de trabajar. Tú le vas a enseñar a las nuevas lo que a ti te enseñaron. A trabajar, a tomar, a tratar al cliente. A hacerlo llegar para que en vez de una hora sean 10 ó 15 minutos. Si se llega a embarazar, tú vas a cuidar a esos niños".
 
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Paloma, Jimena y Susana tienen algo más en común. Todas fueron víctimas de un individuo conocido por sus múltiples alias: un padrote que por años se identificó como Alex Guzmán Herrera, o Héctor Guzmán Guerrero, o Héctor Guzmán pero que en realidad resultó llamarse Arturo Galindo Martínez, aunque todos en La Merced y en Tenancingo lo conocían como El Alex.
"En el 2010 conocí al Alex y me enamoró bajo promesas", recuerda Paloma. "Me llevó a la ciudad de Puebla y los primeros días me trataba bien. Pero conforme pasó el tiempo, bajo amenazas me obligó a prostituirme en la Ciudad de México. Me llevaron al callejón de Santo Tomás conocido como la pasarela. Ahí estuve 20 días sufriendo, aguantando hambre, soportando a tantos hombres. Ese lugar estaba horrible. La gente nos ve como malas personas".
Es imposible resumir brevemente todas las historias de las víctimas que hoy viven en el albergue, financiado con donaciones privadas y que fue creado a instancias de la diputada federal Rosi Orozco. Pero, por lo pronto, las 5 han comenzado a hacer planes a futuro. Como parte de su terapia psicológica, se les ha pedido trazar proyectos y definir hacia dónde quieren llevar sus vidas.
El de Jimena llama la atención. "Quiero ser empresaria. Tendré mi negocio. Y ayudaré a las niñas que estan todavía allá afuera", promete la primera. Quiere establecer un refugio. Se dice convencida de que lo peor ha quedado atrás.
"Ya no tengo pesadillas", afirma.
 
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De entre las novelas en el librero del refugio destaca una. Es el Valle de los Caballos, de Jean Auel. Una historia que parece encajar en lo que ha sucedido a las sobrevivientes: narra la vida de Ayla, una mujer cromagnon, exiliada de su clan y que súbitamente se ve forzada a deambular por el mundo, solitaria, en busca de una nueva vida.