Propósitos de año nuevo
He dicho muchas veces que uno de mis gurús favoritos es Harvey Mackay. Mientras cavilaba acerca de lo que espero lograr en 2012, me encontré su columna semanal, y de nueva cuenta el viejo Harvey sacó un conejo del sombrero, con una serie de recomendaciones acerca de cómo formular resoluciones de año nuevo que no sean una simple lista de buenos (e inalcanzables) deseos.
Usted lo sabe: cada enero los gimnasios se llenan de gente que ahora sí mantendrá la disciplina y pondrá a raya la gula. Para febrero, es ganancia si queda uno de cada diez. Lo mismo para los demás deseos.
Un propósito, dice el diccionario, es el “Ánimo o intención de hacer o de no hacer algo”. Por ejemplo, un propósito puede ser ponerse a dieta; otro puede ser dejar de fumar. En el primer caso existen el ánimo o la intención de someterse a los rigores de una dieta; en el segundo existe el ánimo o la intención de no fumar.
¿Será posible? ¿Es algo lograble? Mackay nos recuerda que un propósito de año nuevo es una meta. No se trata de proponer por proponer; se trata de “lograr algo importante”, pero una buena resolución tiene características definitorias que para mi gurú se reducen a cinco parámetros.
1. Un buen propósito tiene foco, un foco claro. “Perder peso” suena formidable, pero suena mejor “perder cinco kilos en cinco meses”. Ya sabemos que lo que no se mide no se controla, así que el propósito debe tener foco y producir resultados medibles.
2. Un buen propósito te plantea un reto. No debe ser algo casi imposible de lograr, pero tampoco algo tan simple que no produzca satisfacción. En otra ocasión el propio Mackay recordó el modo en que un profesor de matemáticas definió un umbral: “Espero que todos ustedes fallen”, dijo. Y cuando vio los suficientes ojos de sorpresa aclaró: “Espero que fallen porque si no lo hacen, será que no se han fijado metas lo bastante elevadas”.
3. Un buen propósito implica compromiso. El consejo de Mackay es que, una vez definido un propósito, lo compartamos con amigos y familia para establecer compromiso, para no quedarle mal a todo mundo, para tener personas que nos apoyen cuando sintamos la tentación de olvidarnos del objetivo.
4. Un buen propósito tiene presencia, está visible. No es que no sirvan, pero los mejores propósitos se explicitan, se escriben, se pegan en una hoja que está ante nuestros ojos un día sí y otro también.
5. Un buen propósito nos permite visualizar el éxito. Si podemos imaginarnos lo que lograremos cumpliendo la resolución, tendremos otro aliado importante para lograrlo.
En su columna, Mackay propone ocho propósitos de Año Nuevo que pueden ser la semilla a partir de la cual cada quien defina los suyos propios. Es una lista muy interesante porque, incluso sin cambiarle nada, es capaz de definir un año interesante para quien los adopte como suyos.
Aquí su lista, reducido cada propósito a una frase: 1. Llevar un diario. 2. Leer más. 3. Aprender algo nuevo. 4. Conocer a nuevas personas. 5. Crear algo porque sí. 6. Ofrecerse como voluntario o voluntaria.
7. Cuidar el cuerpo. 8. Decidirse a ver el lado positivo.
Así solos, los propósitos parecen vagos, es decir, parecen carecer del primer parámetro, el foco. Pero como dije, se trata de propósitos genéricos que debemos adaptar para nuestras condiciones particulares. Y el propio Mackay hace una primera afinación.
Por ejemplo, para el propósito de leer más, explica: “Varíe sus hábitos de lectura y explore diferentes temas. Si suele leer novelas, pruebe con una biografía. Si sólo lee historia, trate con un libro sobre ciencia moderna. Ejercite su mente, dispare su lado creativo, lleve a su cerebro en una dirección totalmente distinta”.
Y para no quedarme simplemente en el púlpito proclamando cosas que deben hacer otros, he aquí un propósito mío: Caminaré al menos una hora diaria al menos tres veces por semana. Como hace muchos años me sacaron del espinazo un disco, no puedo correr. Pero sí caminar, y lo haré por salud, por gusto y lo suficiente para sentirme sano. ¡Feliz año!